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“MIS
CONVERSACIONES PRIVADAS CON EL REY. 21 días en la Corte de J.C."
Extracto del capítulo II. Editorial: Libros Prohibidos Difíciles
de Encontrar. 1ª Edición. Barcelona, Enero de 2.005. Autor:
Eleazar
Tuve un sueño.
Goya se puso en contacto conmigo a través de un SMS para decirme
que tuviera el teléfono disponible porque iba a recibir una llamada
muy importante. A la mañana siguiente me llamaba el Rey.
- Quiero que te vengas a la Corte. Te voy
a nombrar pintor de cámara.
Dos días después
ya estaba en la Corte. El Rey quería que pintara “un
cuadro en donde estuvieran todos juntos”, lo mismo
que había hecho Goya con sus antepasados. Y aquí comenzaron
los problemas, porque cada uno quería el retrato de determinada
manera. El Rey tuvo que poner orden y me dijo que pintara
el cuadro como a mí me diera la gana, pero que
a él le pintara “con las calzas de su tatarabuelo”.
Goya me recordó que el Rey tenía que ocupar una posición
preeminente, adelantado a los demás, y que no me olvidara de las
condecoraciones y de las insignias. Se lo comenté al Rey
y le dije que, en lugar de chapas, le pintaría
con un gran corazón, símbolo del amor de su pueblo. Le gustó
la idea. Fue entonces la Reina la que me descolocó. El día
fijado para iniciar los bocetos, apareció con un corte de pelo
que le cambiaba completamente su aspecto. Traté de convencerla,
pero insistió en que estaba harta de aparentar mas años
de los que tenía, por lo que había decidido cambiar de look.
De mala gana acepté, porque luego vienen los aguafiestas
y te dicen que no se parece en nada. Eso sí, le sugerí que
se inclinara hacia su marido y aunque la idea no le gustaba, porque hacía
que apareciera con algo de chepa, se conformó cuando supo que la
pintaría con tres corazones, símbolo de los tres hijos que
había tenido con él. El problema vino a continuación
con Iñaki. No se quitó la camiseta
del Barça durante todo el tiempo que estuvo posando.
Me dijo que con ella había conocido a Cristina,
y que en los momentos importantes de su vida él siempre
se la ponía. No paró de sacar músculo, en un
intento de demostrarnos que estaba hecho un toro. Lo cual era evidente,
pues Doña Cristina se encontraba en su cuarto
embarazo. A ella la pinté con cuatro corazones, el cuarto
de ellos dirigido a Iñaki, símbolo del
bebé que estaban esperando. Con los infantes Juan y Pablo, que
no se estaban quietos, tuve que recurrir a la
fotografía, de ahí el excelente parecido,
mientras que con Miguel lo tuve mas fácil,
pues permanecía en los brazos de la
tata, que evidentemente no aparece en la
escena. Con quién no hubo manera
de que posara completamente vestido, fue con el Príncipe
Felipe, que se pasaba todo el día metido en
la alcoba con Letizia, cumpliendo, como ellos decían,
con la obligación del cargo. Estaba algo nervioso y alterado, por
lo que sin soltar a Letizia, a la que sujetaba fuertemente, posaba sólo
el tiempo justo para que me hiciera una idea de cómo era el uniforme
de gala de La Marina que él tanto apreciaba. Letizia se enfadó
cuando vio que a ella no le pintaba ningún corazón. Tuve
que convencerla diciéndole que se lo pintaría dentro del
cuello, como símbolo del deseo, más que de la eficacia.
Con Doña Elena no tuve ningún problema , posaba con mucho
aplomo. Sabía que en caso de que la pareja no cumpliera, ella sería
la heredera, por lo que posó todo el tiempo que fue necesario.
Para ser reina, decía, era muy importante tener un buen retrato
de sus tiempos de princesa. Se empeñó en ponerse unas
medias blancas, que a mi me recordaban las calzas de su padre,
que no eran, tengo que decirlo, de mi gusto, como
tampoco lo eran las camisas y los pantalones con los que se
vestía su marido, Don Jaime de Marichalar, que me descompensaban
toda la composición del cuadro. Le convencí
para que se colocara detrás de sus hijos en actitud
cariñosa, con lo que evité el problema. Cuando
la situación se ponía difícil, intervenía
el Rey, que persuadía a quién se quejaba diciéndole
algo al oído, sobretodo a dos
de ellos. Los infantes Victoria y Felipe
Froilán, fueron los que mejor se
comportaron, especialmente Victoria, porque su hermano levantaba
continuamente los brazos cada vez que su tíos salían
de la alcoba con señales de que no había embarazo. Coloqué
a Froilán en la misma posición que un antepasado
suyo, Don Carlos, el de las guerras carlistas. Tanto don Carlos
en su momento, como ahora Froilán, sabían que
si no había descendencia, ellos serían
los herederos de la corona, y para demostrarlo, Froilán
se empeñaba en mostrarnos sus atributos. Tenía, eso sí,
la manía del abuelo de vestirse con calzas.
Durante los veintiún
días que duró el trabajo, pese a lo que cuento y a lo que
parece, la familia permaneció feliz y contenta, porque como ellos
mismos decían, yo estaba pintando “El retrato
de todos juntos”. Para celebrarlo les pinte en otro cuadro
(“Todos Contentos”). Al terminar le pregunté
al Rey por los Bufones, pues quería pintarlos
como había hecho Velázquez, y el me contestó
que una vez los hubiera retratado hiciera lo mismo con los
Tontos, que en la Corte, como en todos los sitios, había muchos
y de momento nadie los había pintado y ya iba siendo hora. De pronto,
enmedio de esta interesante conversación, se escucharon unos tremendos
gritos que venían de la habitación de al lado. Al parecer,
dos boxeadores, "Bobo Solemne" y Patriota de Hojalata",
se estaban dando una buena paliza. Goya me dijo que aprovechara la ocasión
para retratarlos pues así le rendiría un cumplido homenaje
a su cuadro "A garrotazos". El Rey, que iba a lo suyo y que
ya estaba habituado a que le montaran este tipo de "pollos",
se me acercó al oído y me dijo que a él lo
que realmente le interesaba, era que le pintara en un
cuadro con una lanza, y "no con la mariconada
esa de un sable o subido en un caballo”. Pero esa es
otra historia que cuento en otro capítulo de este libro.
Ahora sólo me queda decir, que cuando regresé a
Barcelona, me di cuenta de que yo no me había retratado.
Así que aproveche un fin de semana y volví a la corte. Con
el permiso del Rey, por supuesto, me pinté en el ángulo
superior izquierdo, justo encima de Don Jaime, a quién no pareció
gustarle demasiado la idea, pero que le vamos a hacer, a mí tampoco
me hizo demasiada gracia pintar a tanta gente...en tan poco tiempo!
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